Rosas de cementerio

Juan Ramón Jiménez

El pueblo alemán, que tiene un buen número de palabras y frases bellas para las cosas tristes de esta vida, ha sabido poner su perfume y su gracia a una gran melancolía, dando el nombre de rosas de cementerio a esas pobres rosas que brotan en el blancor mate y débil de las mejillas de los tísicos. Al empezar estos días de lluvia y de frío suave y fino, llenos ya los árboles de la tristeza de sus hojas amarillas, esa frase blanca y rosa brota de mis labios y se pierde, después de llorar vagamente en la penumbra del alma… Van volviendo del campo y del mar los que fueron por amapolas y por algas para su sangre, y vienen sin más salud que la nostálgica del campo y del mar, débiles, sin sol, sin primavera, sólo con unas pobres rosas de cementerio en las mejillas.

Y son hombres, y son mujeres-mujeres de invierno,-y son niños; y son niños rubios, blancos, muy blancos, casi de cera, casi de muerte, ambarinos, transparentes, con sangre sin color, con ojos inmensos cargados de una tristeza que se ríe a la fuerza y de unas lágrimas que no quieren brotar y están siempre en las pestañas. Así estos niños lloran por cualquier cosa.

Tengo un recuerdo en mi alma, un recuerdo amargo y melancólico; pero con voces y risas y rosas en su bruma sombría. Era una tarde tibia y llena por todas partes de color de rosa; el mar dormía cerca, soñando, y los pinos de la costa se doraban al reflejo ustorio del sol. Entre los pinos había carreras y gritos y vestidos blancos; y al fondo, una casa grande mostraba esta palabra en lo alto: Sanatorium. Y eran los niños tísicos, los pobres niños que se iban a morir, los que abrían los ojos sólo para cerrarlos en las cajitas blancas, sólo para que lloraran los viejos carpinteros al son del martillo; para los que se hicieron los jazmines y las guirnaldas de oro y las cintas celestes… Pero reían al sol, en el campo, cerca de los pinos y del mar.

Aquellos niños se morían, pero se morían riendo, junto a las madrecitas de toca blanca que vienen del cielo. Iban vestidos de blanco, y gritaban y corrían. Luego, cuando entré en la casa de los niños tísicos, sonreí con verdadera dulzura. Las paredes eran blancas también, y las camitas hechas estaban llenas de juguetes; y las niñas habían dejado acostadas sus muñecas, aquellas muñecas que vivirían más que ellas.

Aquí, por estas ciudades sucias y llenas de hombres enfermos, los niños tísicos piden limosna con sus manos casi invisibles, y van cantando o llorando al son de cualquier cosa. Y los pobrecitos se mueren en la sombra, sin pan, sin juguetes y sin besos. Y esto es cruel; al menos, ya que se han de morir, ¿por qué no buscarles una sonrisa para cuando su boquita esté muerta? Tanta casa de Dios por esas calles, y ninguna para los niños tísicos; esos pobres niños a quienes su madre sólo ha podido comprar en la feria de la vida unas rosas de cementerio.

Niños jugando a los dados (1670-75)

  Niños jugando a los dados (1670-75). Murillo

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