Cuentos para reflexionar: el bambú japonés

descubriendo talento

bambu

Hace mucho tiempo, dos agricultores iban caminando por un mercado cuando se pararon ante el puesto de un vendedor de semillas, sorprendidos por unas semillas que nunca habían visto.

“Mercader, ¿qué semillas son estas?”, le preguntó uno de ellos.

“Son semillas de bambú. Vienen de Oriente y son unas semillas muy especiales”.

“¿Y por qué habrían sido de ser tan especiales?”, le espetó uno de los agricultores al mercader.

“Si os las lleváis y las plantáis, sabréis por qué. Sólo necesitan agua y abono”.

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“…la mujer es el ángel que junto al hombre vela… la madre es el ángel que junto al niño vela.”

(La escuela y la Vida, p. 11)

Mujer-Madre

Maternidad. Elizabeth-Jeanne Gardner-Bouguereau

Maternidad. Elizabeth-Jeanne Gardner-Bouguereau (s. XIX)

Rosas de cementerio

Juan Ramón Jiménez

El pueblo alemán, que tiene un buen número de palabras y frases bellas para las cosas tristes de esta vida, ha sabido poner su perfume y su gracia a una gran melancolía, dando el nombre de rosas de cementerio a esas pobres rosas que brotan en el blancor mate y débil de las mejillas de los tísicos. Al empezar estos días de lluvia y de frío suave y fino, llenos ya los árboles de la tristeza de sus hojas amarillas, esa frase blanca y rosa brota de mis labios y se pierde, después de llorar vagamente en la penumbra del alma… Van volviendo del campo y del mar los que fueron por amapolas y por algas para su sangre, y vienen sin más salud que la nostálgica del campo y del mar, débiles, sin sol, sin primavera, sólo con unas pobres rosas de cementerio en las mejillas.

Y son hombres, y son mujeres-mujeres de invierno,-y son niños; y son niños rubios, blancos, muy blancos, casi de cera, casi de muerte, ambarinos, transparentes, con sangre sin color, con ojos inmensos cargados de una tristeza que se ríe a la fuerza y de unas lágrimas que no quieren brotar y están siempre en las pestañas. Así estos niños lloran por cualquier cosa.

Tengo un recuerdo en mi alma, un recuerdo amargo y melancólico; pero con voces y risas y rosas en su bruma sombría. Era una tarde tibia y llena por todas partes de color de rosa; el mar dormía cerca, soñando, y los pinos de la costa se doraban al reflejo ustorio del sol. Entre los pinos había carreras y gritos y vestidos blancos; y al fondo, una casa grande mostraba esta palabra en lo alto: Sanatorium. Y eran los niños tísicos, los pobres niños que se iban a morir, los que abrían los ojos sólo para cerrarlos en las cajitas blancas, sólo para que lloraran los viejos carpinteros al son del martillo; para los que se hicieron los jazmines y las guirnaldas de oro y las cintas celestes… Pero reían al sol, en el campo, cerca de los pinos y del mar.

Aquellos niños se morían, pero se morían riendo, junto a las madrecitas de toca blanca que vienen del cielo. Iban vestidos de blanco, y gritaban y corrían. Luego, cuando entré en la casa de los niños tísicos, sonreí con verdadera dulzura. Las paredes eran blancas también, y las camitas hechas estaban llenas de juguetes; y las niñas habían dejado acostadas sus muñecas, aquellas muñecas que vivirían más que ellas.

Aquí, por estas ciudades sucias y llenas de hombres enfermos, los niños tísicos piden limosna con sus manos casi invisibles, y van cantando o llorando al son de cualquier cosa. Y los pobrecitos se mueren en la sombra, sin pan, sin juguetes y sin besos. Y esto es cruel; al menos, ya que se han de morir, ¿por qué no buscarles una sonrisa para cuando su boquita esté muerta? Tanta casa de Dios por esas calles, y ninguna para los niños tísicos; esos pobres niños a quienes su madre sólo ha podido comprar en la feria de la vida unas rosas de cementerio.

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